En el mundo del emprendimiento existe una narrativa muy peligrosa y silenciosa. Estoy cansada de escuchar en mi despacho a personas brillantes, trabajadoras y valientes que se señalan a sí mismas con la etiqueta de «fracasados» porque su proyecto no salió adelante.
Hoy necesito decirlo alto y claro, y quiero que se te grabe a fuego: Tú no eres tu negocio.
Cerrar una empresa duele. Es un duelo. Pero hay una línea roja que nunca deberías cruzar: permitir que el cierre de una entidad jurídica suponga la muerte civil de la persona física que hay detrás.
Entidad Jurídica vs. Persona Física: No jugamos en el mismo plano
El primer error que comete el empresario atrapado en deudas es mezclar identidades.
- Un negocio es una entidad creada para operar en el mercado, sujeta a riesgos, a ciclos económicos y a una competencia feroz.
- Tú eres una persona con derecho a una vida digna, a un techo y a un futuro.
No somos lo mismo. No jugamos en el mismo plano y, por lo tanto, no debemos cargar con el mismo peso.
Emprender conlleva riesgos inherentes. El propio sistema económico está diseñado sabiendo que un alto porcentaje de empresas no superará los 5 años de vida. Si el sistema asume que el cierre es una posibilidad real, ¿por qué tú te castigas asumiendo que es una mancha imborrable en tu honor?
El precio del orgullo y la vergüenza
Veo a muchos empresarios que, por orgullo o por vergüenza, intentan pagar hasta el último céntimo de las deudas de su negocio cerrado utilizando su patrimonio personal, hipotecando la casa de sus padres o arruinando su vejez.
Piensan: «Yo fallé, yo pago». Y yo les digo: «El negocio falló, tú aprendiste».
Fracasar forma parte del juego de la vida. Los mayores empresarios de la historia han quebrado una, dos y tres veces antes de alcanzar el éxito. La diferencia es que ellos entendieron que el fracaso empresarial es una etapa, no una sentencia de por vida.
No tienes por qué hacerte cargo de todo sacrificando tu existencia. Eso no es nobleza, es martirio innecesario.
La Ley de la Segunda Oportunidad: Tu derecho a reiniciar
Afortunadamente, el legislador entiende esto. La Ley de la Segunda Oportunidad no es una trampa ni un vacío legal; es un mecanismo pensado, precisamente, para estos momentos límite.
Esta ley existe para decirte: «Intentaste emprender, generaste riqueza y empleo, pero salió mal. No te vamos a condenar a la exclusión social. Limpia el tablero y vuelve a empezar».
Si cumples unos requisitos muy sencillos (básicamente, ser deudor de buena fe e insolvente), puedes liberarte legalmente de las deudas que asumiste al emprender: préstamos ICO, pólizas de crédito, deudas con proveedores, etc.
No es magia, es Derecho Mercantil
Quítate la culpa de encima. Lo que no es normal es no buscar una solución que te permita volver a respirar.
Mereces una segunda oportunidad, no porque te la regalen, sino porque el riesgo empresarial no puede pagarse con la esclavitud financiera de la persona. El negocio va por un lado (y se liquida). Tú vas por otro (y renaces).
Si has tenido que bajar la persiana de tu empresa, asegúrate de no cerrar también la puerta de tu futuro. Estoy aquí para ayudarte a hacer esa distinción y a salvar a la persona que hay detrás del emprendedor.